Aceptación y paciencia, parte II
Está disponible una traducción al neerlandés de este artículo en la revista en línea Soefi Gedachtes. La primera parte del artículo está aquí.
La paradoja del camino espiritual es que, para elevarnos, debemos caer. Al referirse a esta transformación, los sufis utilizan la palabra “fana”, es decir, la aniquilación del yo. Se trata de un término que a muchos les resulta intimidante, ya que, por lo general, estamos muy apegados a nuestra propia identidad; así que, tal vez para que resulte más tranquilizador, en lugar de “aniquilación”podríamos hablar de “abandono”. Todas las etiquetas en las que nos apoyamos para confirmarnos nuestra identidad, todos los objetos, opiniones, sensaciones corporales, experiencias y recuerdos, han sido adquiridos y, por lo tanto, podrían sernos arrebatados en cualquier momento, como si se tratara de un decorado teatral de lona y papel que el viento arrasa de repente, dejándolo hecho jirones. Si reconociéramos la fugacidad de estas etiquetas y las dejáramos de lado voluntariamente —o, en otras palabras, las olvidáramos, las soltáramos—, descubriríamos que nuestra perspectiva podría ampliarse infinitamente.
Algunos podrían temer que, para olvidar de esta manera, debamos seguir alguna regla espiritual que nos obligue a ayunar durante semanas enteras, a vivir en una cueva del Himalaya o a enfrentarnos a alguna otra situación extrema, pero no tiene por qué ser así; vemos ese tipo de olvido a nuestro alrededor todos los días. Por ejemplo, podemos encontrarlo en los padres que se olvidan de sí mismos en su dedicación al cuidado de un bebé recién nacido. Muchos de los comportamientos y actitudes con los que se identificaban antes del nacimiento se desvanecen en la bruma como sueños olvidados. La “aniquilación” podría parecer el camino de la rendición pasiva, pero los padres agotados están lejos de ser pasivos. Al contrario, son muy activos y dedican toda su energía a satisfacer las necesidades de su tesoro. Al hacerlo, movidos por el amor, han dado un paso hacia la perfección, aunque quizá no lo reconozcan. Esto nos muestra que el camino del abandono, o fana, se recorre mejor a través del amor, y tal vez sea imposible sin él. En Gayan Alapas encontramos:
Pues el amor es resignación a la voluntad
de quien posee nuestro corazón;
es el amor el que enseña al hombre:
Tú, no yo.
Olvidarse de uno mismo, por lo tanto, no es solo un acto de profunda rendición, o aceptación de la realidad, sino también uno en el que, a través del servicio al ideal del amor, dirigimos nuestra fuerza de voluntad hacia algo más grande que nosotros mismos. Pir-o-Murshid Inayat Khan lo señala en este pasaje de “Purificación mental” (cap. IV, vol. I, “El camino de la iluminación”): Mientras nuestra pequeña personalidad de uno se interponga ante nosotros, mientras no podamos deshacernos de ella, mientras nos interese nuestra propia persona y todo lo que está relacionado con ella, siempre encontraremos limitaciones. A ese Poder solo se accede de una manera, y esa es la del olvido o abandono de sí mismo, lo que en la Biblia se denomina abnegación.
La “abnegación” es otro término que incomoda a la gente; temen que se les pida que renuncien a todos los placeres de la vida, pues la mayoría es muy fiel a sus hábitos de comodidad, pero ese temor también puede alimentarse de dudas sobre la propia fuerza de voluntad si uno se propone cambiar, y de un sentimiento de culpa no reconocido por no haber escuchado bien el llamado del corazón. Sin embargo, Hazrat Inayat Khan deja claro que la abnegación no significa el rechazo del mundo, sino la negación de nuestro propio yo. Dice: “Si se tratara de negar la felicidad y los placeres de esta tierra, ¿para qué se creó entonces esta tierra? ¿Solo para negar? Si se creó para negar, fue algo muy cruel. Porque la búsqueda continua del ser humano es la felicidad”. La abnegación consiste en negar esa pequeña personalidad que se cuela en todo, en borrar ese falso ego que nos impulsa a sentir nuestro escaso poder en esto o aquello. Negar la idea de nuestro propio ser, ese ser que sabemos que somos nosotros mismos, y afirmar a Dios en ese lugar; negar el yo y afirmar a Dios. Esa es la humildad perfecta.
El camino de la abnegación, sin embargo, no se puede recorrer en un solo día. El buscador se enfrenta a muchas batallas y no las ganará todas. El “pequeño yo” es muy terco, como una mala hierba del jardín, y cuando vemos que vuelve a aparecer en los parterres, es fácil desanimarse. Pero en todos nuestros pensamientos y actividades debemos mantener una estrella de esperanza brillando ante nosotros para que nos inspire y nos guíe.
Continuará…
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Fana wordt hier toegankelijk uitgelegd als overgave, loslaten en zelfvergetelheid. Het voorbeeld van ouders die zichzelf vergeten in de zorg voor een pasgeboren kind laat zien dat deze beweging niet alleen in afzondering of ascese plaatsvindt, maar ook midden in het gewone leven, wanneer liefde belangrijker wordt dan eigen gemak. De woorden “Jij, niet ik” vatten die beweging samen en maken haar concreet voor het dagelijks leven.
Ook in andere tradities klinkt iets van diezelfde beweging door. Spreuken zegt: “Wie op zijn verstand vertrouwt, is een dwaas, maar wie in wijsheid wandelt, zal ontkomen.” — Spreuken 28:26. En Jezus zegt: “Wie zijn leven wil behouden, zal het verliezen; maar wie zijn leven verliest om Mijnentwil, zal het vinden.” — Mattheüs 16:25.
De mullah zou zeggen: “Een lege kom verdwijnt niet; zij wordt pas bruikbaar.”
Misschien is fana daarom niet het verdwijnen van wie wij werkelijk zijn, maar het verdwijnen van wat ons verhindert werkelijk lief te hebben.
Wordt vervolgd…