Hazrat Inayat: Deidad y Divinidad parte III
Hazrat Inayat Khan continúa su sutil y edificante explicación de la relación entre Deidad y Divinidad. La publicación anterior de la serie se encuentra aquí.
Una vez más, las joyas, los minerales preciosos y las perlas pueden encontrarse en el hombre, en su carácter, en su ser externo e interno. Todo esto está oculto; pero podemos descubrir una perla en una persona, podemos ver en el corazón del hombre un diamante o una esmeralda, todas las joyas de este mundo están ahí si tan sólo pudiéramos verlas. Y no sólo eso, no sólo los tesoros mundanos sino también todas las cosas celestiales están ahí. El hombre representa a los planetas, representa al sol y a la luna, y representa al cielo y a sus ángeles; ¿qué no representa el hombre? Representa a Dios. En ese sentido se puede llamar al hombre un Dios en miniatura, y es el desarrollo de la humanidad lo que culmina en la divinidad; así Cristo es el ejemplo de la culminación de la humanidad. Ocultar este secreto, que es la clave del misterio de todo el universo, sería ocultar la mayor virtud humana.
Sin duda, comparada con Dios, la divinidad en la persona es la imperfección de Dios, pero sigue siendo la perfección del hombre. Es como una gota de agua, que es entera y absolutamente agua, y sin embargo es una gota en comparación con el océano. El océano es Dios, pero la gota es divina. Si el hombre hubiera comprendido este secreto de la vida, no habrían surgido guerras ni diferencias entre los seguidores de las diversas religiones, que en todas las épocas libraron guerras contra las ideas religiosas de los demás. Ningún profeta o maestro en ningún tiempo habría sido rechazado o torturado o negado si el mundo sólo hubiera sabido esto: que Dios siempre viene, que Él siempre se muestra a través del corazón de las personas divinas. La comparación de lo divino con Dios es como un lente (lupa) colocado frente al sol. La lupa absorbe el calor del sol y lo transfiere a la tierra, y así el hombre divino, el mensajero en todas las épocas, viene y absorbe los rayos de Dios y los transmite a la tierra en forma de mensaje divino.
Aunque la lupa no es el sol, cuando se expone al sol participa de él y comienza a mostrar la cualidad del sol. Lo mismo sucede con las almas que centran su corazón en Dios, pues entonces Dios se refleja en su corazón. La belleza y el poder, que se encuentran en Dios en su perfección, comienzan a manifestarse en esas almas, como lo hace la lupa con el sol. Lo expresan en sus vidas. Los sufis llaman a esto Akhlaq-i Allah: la manera divina. No se puede enseñar esta manera; llega cuando el corazón se centra en Dios, y entonces todo lo que hay en Dios se manifiesta en el hombre. Cuando se llega a esta realización ya no se puede hablar del Dios en nuestro interior, pues Dios está adentro y afuera al mismo tiempo. Tan pronto se realiza a Dios, Dios no permanece adentro; es antes de la realización que Dios debe ser encontrado adentro, y esto ayudará a encontrar la perfección de Dios, pero una vez que Dios es realizado Él está en todo.
Hay épocas de aristocracia, y hay épocas de democracia de todo tipo, no sólo en lo que se refiere al gobierno, sino también en lo que se refiere a la religión. Y así como es natural que la aristocracia sea malentendida, también es natural que la democracia sea desmoralizada por los ignorantes que sólo pueden entender el significado externo de la democracia. La aristocracia de la religión es la creencia en Dios, el culto a Dios en una forma determinada, en forma de oración o servicio, de ceremonial o ritual, cualquiera que sea la forma. Y también su reconocimiento y aceptación cuando es dada por un hombre real; no sólo eso, sino el reconocimiento de la iluminación que completa su desarrollo en el alma del hombre. Los zoroastrianos con su culto al sol enseñaban que el sol representa la luz del espíritu, y así el sol de Dios representa la luz de Dios; pero otros lo malinterpretaron, y lo tomaron como algo diferente. El Hijo de Dios es aquel que descubre y es consciente de su herencia de Dios, y no de la del hombre. Quien es consciente de su origen terrenal es un hombre terrenal; quien es consciente de su origen celestial es el Hijo de Dios.
Continuará…
Traducción: Abdel Kabir Mauricio Navarro J.
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