Hazrat Inayat: Jacob luchando con el ángel
Tras explicar la importancia de la simbología, Hazrat Inayat Khan analiza ahora el relato bíblico de Jacob, recogido en el Génesis.
La lucha con Jacob simboliza la lucha del alma con el ego. El alma despierta mira a su alrededor y pregunta: “¿Quién es mi enemigo?”. Mientras que el alma inconsciente piensa que su enemigo es su vecino o un familiar, el alma despierta dice: “Es mi yo; mi ego ignorante es mi enemigo; y es la lucha contra este enemigo la que me traerá la luz y me elevará de la densidad de la tierra”. La noche es simbólicamente el momento en que la oscuridad de la ignorancia causa confusión: uno siente tristeza, soledad, depresión; no ve la salida; está agobiado por todos lados, encadenado, no parece haber libertad para el alma, porque es la noche. Pero cuando el alma puede luchar contra el ego, se eleva por encima de las cadenas y los apegos de este mundo. Como se dice en la Biblia, Jacob primero dejó todas sus pertenencias; se alejó de ellas. Esto significa que se volvió indiferente a todo aquello a lo que antes se sentía apegado. El sufí ve esto desde otro punto de vista. Piensa que dejar todo lo que uno posee e irse a los bosques o a las montañas no es verdadero desapego. El verdadero desapego está en el corazón del hombre. Uno puede estar rodeado de belleza, comodidad, riqueza, posición, amor, todas estas cosas, y sin embargo estar desapegado de ellas, no ser esclavo de ellas y elevarse por encima de ellas.
Jacob lo dejó todo y se adentró en la soledad, en el silencio, donde quería luchar contra el yo que vive en el engaño, el ego que ciega al hombre ante la verdad. ¿Y cuál fue el resultado? Llegó el amanecer y aquel hombre o ángel que había luchado con Jacob decidió marcharse. Esto significa que el ego quería marcharse; no había ego, ya no había yo. Pero, con el amanecer, llegó una nueva luz, una nueva inspiración, una nueva revelación. El mismo ego que Jacob veía como su mayor enemigo, a la luz del día lo reconoció como Dios mismo. Se inclinó ante Aquel con quien había luchado toda la noche y le pidió su bendición. Le preguntó su nombre, porque entonces vio: “Nunca más yo, solo Tú”. Y el nombre no podía ser revelado, porque eso era develar la unidad de Dios y el hombre, y en esta comprensión los nombres y las formas se pierden.
Traducido por Darafshan Daniela Anda
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