La concesión de las necesidades
Pir-o-Murshid Hazrat Inayat Khan dejó un enorme tesoro para aquellos que sienten la llamada del Mensaje: innumerables conferencias que a menudo suenan como si nuestro propio corazón nos hablara, y oraciones divinamente inspiradas, por ejemplo. Una vida parece insuficiente para explorarlas todas, pero entre sus dones hay una joya que merece especial atención: la colección de prácticas llamadas Meditaciones sobre la naturaleza. Se trata de frases sencillas que pueden recitarse al respirar y, aunque suelen estar relacionadas con algún aspecto de lo que convencionalmente consideramos naturaleza, como el paisaje, las flores, los árboles (con ramas que se elevan o se inclinan) o el sol y la luna, también hay algunas de un nivel más espiritual, centradas en la persona devota o santa, en el profeta, en el Mensajero e incluso en Dios. Por lo tanto, podríamos considerar estas meditaciones como una exhortación a reconsiderar lo que significa “naturaleza”, a volver a examinar la naturaleza de la naturaleza. ¿Puede ser algo más que las hermosas y complejas redes ecológicas de lombrices, olmos y elefantes? Entonces, ¿dónde termina la naturaleza?
Entre las meditaciones que Hazrat Inayat Khan ha dedicado a Dios, hay una que a veces causa confusión al buscador:
Tú conoces todas mis necesidades (inhala)
y Tú me las concederás (exhala).
A primera vista, esto parece contradecir lo que la sabiduría sufí nos ha dicho desde el comienzo de nuestro viaje: que debemos recordar a Dios hasta que Dios se convierta en una realidad para nosotros, y olvidarnos de nosotros mismos, ya que nuestro yo es la fuente de todas nuestro sufrimiento. Pero ahora, en esta meditación, parece que nos acercamos a la Presencia Divina no solo con nuestra lista de deseos personales, sino con la firme afirmación de que se nos concederá lo que queremos. Parece una invitación a la complacencia y la autoindulgencia. ¿Cómo podemos entender esto?
Sin embargo, si se dedica algún tiempo a la práctica, una persona reflexiva seguramente comenzará a pensar en la diferencia entre lo que uno quiere y lo que uno necesita. Un deseo es muy móvil y cambiante, y normalmente hay muchos, simultáneos y superpuestos. Los deseos de un niño cambian de un día para otro: hoy puede querer un juguete, pero seis meses después ese juguete puede estar olvidado, sustituido por un intenso deseo de tener una mascota o cualquier otra cosa. Y en el juego del deseo, los adultos no son más que niños crecidos, ya que sus deseos también mutan, aunque quizá más lentamente.
En cuanto a nuestras necesidades, son menos y a menudo se pasan por alto. Nuestros deseos y nuestra agitada carrera por el mundo para satisfacerlos nos embriagan, de modo que nuestras necesidades reales pueden quedar ocultas a nuestra vista. Pero descubrir la diferencia entre deseo y necesidad es un paso hacia el conocimiento de quiénes somos realmente, cual es el verdadero propósito de todos nuestros esfuerzos, aunque esforzarnos a ciegas da pocos resultados. En Gayan Chalas encontramos este dicho: Si un deseo no se cumple, significa que la persona no sabía cómo desear; el fracaso es causado por la imprecisión del motivo.
Y cuando descubrimos que sí tenemos una necesidad, ya que nuestra búsqueda de un deseo tras otro nos ha enseñado que el mundo impermanente solo puede conducir a la decepción, entonces, como dice la meditación, ¿a quién más podemos recurrir, si no es a Dios, el Creador y el Sustentador, que lo sabe todo sobre nosotros y sabe lo que nos saciará?
¿Y qué significa la satisfacción? Hay una satisfacción que debe renovarse o repetirse, como sabemos por nuestras necesidades físicas —no hay comida que satisfaga nuestro apetito para siempre, por ejemplo—, pero en el ámbito espiritual existe la satisfacción que borra por completo la necesidad. Satisfacer la necesidad espiritual significa eliminar la separación del Uno y de nosotros mismos. No es de extrañar que lograr esta satisfacción nos haga volver al estudio de la naturaleza y de quiénes somos, como podemos aprender de esta frase del Gayan Boulas: “En el pleno desarrollo de la naturaleza humana está la satisfacción del propósito de la vida”.
Traducido por Inam Anda
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