Una cuestión de gratitud
Recientemente, Inner Call publicó un diálogo entre el maestro zen japonés del siglo XVIII Seisetsu y un comerciante que había acudido a ofrecer una importante donación al proyecto al que Seisetsu se había dedicado, la reconstrucción del famoso templo Engakuji. El comerciante se sorprendió de que el maestro zen no le expresara su gratitud por la gran suma que le ofrecía, pero el maestro, sin ceremonias, le dijo que, por el contrario, era él quien debía estar agradecido.
Como corresponde a una buena historia zen, esto suscitó preguntas en la mente de los lectores. ¿No existe una estrecha relación entre la gratitud y la espiritualidad? ¿No se nos ha enseñado a estar agradecidos por cada gota de leche, cada trozo de pan y cada grano de arroz que recibimos? ¿Por qué no debería estar agradecido el maestro zen? ¿Cuál es el significado de este diálogo?
Hay dos aspectos de la historia que podríamos considerar. El primero se refiere a la actitud con la que se da algo. La palabra “caridad” está relacionada con la bondad y el corazón, y sugiere que, al igual que el amor, la caridad debe ser desinteresada, sin esperar nada a cambio. Sin embargo, algunas personas dan mientras desean conservar su regalo en la mano, por ejemplo, ofreciendo algo a un mendigo, pero queriendo decidir cómo se debe gastar el dinero. Puede que haya una buena intención, pero está mezclada con otros motivos, y podemos ver que se trata de comercio, no de caridad: “Te doy, y a cambio de lo que te doy, debo recibir algo”.
Es evidente que el comerciante espera algo a cambio de su donación, pero el monje zen, cuya formación espiritual ha consistido en eliminar implacablemente todas las ilusiones para llegar a la Realidad directa, maneja hábilmente la espada de la Verdad para, por así decirlo, cortar la cabeza del ego del comerciante. Quizás el comerciante no acudió como alumno y no había pedido esta instrucción tan directa, pero si uno se aventura a entrar en compañía de un maestro zen, debe anticipar consecuencias inesperadas.
El otro aspecto a tener en cuenta aquí es el contexto: se trata de un regalo con un propósito espiritual. La ofrenda no está destinada al monje personalmente, sino que tiene por objeto apoyar el sagrado dharma, como un servicio a toda la humanidad. El mensaje implícito de Seisetsu es que el mercader debe sentirse agradecido por las bendiciones y los méritos que recibirá por su generosidad. Es más, tal vez el monje habría considerado demasiado egocéntrico expresar su agradecimiento personal. Si imaginamos una situación similar en otra religión, un obispo que recibe fondos para la construcción de una catedral podría decir: «El Señor te lo agradecerá», pero como los monjes zen no hablan del Señor, en este caso solo podía expresarse el Silencioso Vacío.
Traducido por Inam Anda
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