Un koan sufi
En una corriente del budismo zen, es habitual que el maestro plantee al alumno un koan, una pregunta aparentemente sin respuesta, como «Muéstrame tu rostro antes de que naciera tu madre» o «¿Qué sonido hace una sola mano al aplaudir?», sobre la que el alumno reflexiona sin descanso durante años hasta que, con un ¡pop! silencioso, alcanza la comprensión y ve la vida de una forma completamente diferente.
El sufismo no se especializa en este enfoque «repentino», pero hay uno o dos «koanes» sufíes que tienen un efecto similar. Uno de ellos es “Un sufí tiene dos puntos de vista, el suyo y el de la otra persona”. La primera reacción típica es una sonrisa de aprecio por la actitud abierta del sufí. “Sí, sí, todos estamos juntos en esto”, y podríamos escuchar, “¿ves? ¡El sufí no impone ningún dogma! ¡Muy loable!”. Pero si uno permanece cerca de los sufíes durante algún tiempo, poco a poco surge la sensación de que uno mismo debería intentar manifestar esta actitud, y entonces comenzamos a descubrir las dificultades.
El punto de vista de la otra persona no es tan desafiante si está en cierta armonía con el nuestro. Los miembros de nuestra familia son a menudo —aunque no siempre— personas con las que, en un buen día, sentimos que podemos abrir las puertas de nuestra mente y nuestro corazón. Puede que no estemos totalmente de acuerdo con su punto de vista, pero al menos podemos entender por qué piensan así. Podemos, por así decirlo, dejarles dirijir la casa. Por lo tanto, puede haber una etapa en la que intentemos ver el otro punto de vista, pero evitamos a las personas cuyas opiniones desafían seriamente las nuestras o que, de alguna manera, amenazan nuestro concepto de nosotros mismos.
Y ahí nos encontramos atrapados, atados a una cuerda que se extiende por encima de un muro, al otro lado del cual cuelga la otra persona, con su opinión irascible e irreductible; no podemos tirar de la otra persona hacia nuestro lado del muro, no podemos trepar, y no sabemos cómo soltarnos.
La solución, por supuesto, es derribar el muro de alguna manera. Mientras nos sintamos separados de los demás, siempre existirá este dilema de a quién admitir y a quién excluir. Cuando los troyanos estaban en guerra con los griegos, estaban separados por años de batalla y oposición, y la caída de Troya se produjo cuando permitieron que otro punto de vista entrara por sus puertas en forma de un caballo de madera relleno de guerreros griegos. Pero si vemos a quienes nos rodean como otras versiones de «mí», es posible comprenderlos desde dentro. Esto no es lo mismo que abandonar nuestro propio punto de vista —puede que sigamos necesitando defender nuestro hogar y nuestra familia, por ejemplo—, pero podremos hacerlo sin miedo.
Hay dos métodos para derribar el muro. Uno es seguir excavando en el corazón hasta que comience a fluir el torrente del amor. Se trata de un esfuerzo en el que es esencial nuestra idealización de Dios, Dios como Amor. Y el otro método, que sin duda puede aplicarse al mismo tiempo, es la observación aguda y honesta de uno mismo, a través de la cual conseguimos estar sobrios de la intoxicación en la que hemos vivido toda nuestra vida. Vivimos habitualmente en un sueño de ilusión, y cuando despertamos y corremos las cortinas, descubrimos que tenemos todos los defectos y fallos que criticamos en los demás, y más. Entonces, cuando miramos al otro lado del muro, vemos que el otro es simplemente «yo» en otra forma, y en lugar de rechazo puede surgir comprensión y compasión. De esta manera hacemos realidad el dicho de Gayan Boulas: “El que hace espacio en su corazón para los demás, encontrará alojamiento en todas partes”.
Traducido por Inam Anda
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