Giving up (Spanish version)

Renunciando 

“¿Qué se espera que demos a los demás? ¿Hay un límite?” 

Esta pregunta ha surgido en varias conversaciones recientes sobre el camino espiritual, y revela cierta inquietud. Los ideales de amor, armonía, y belleza son profundamente atractivos, incluso embriagantes, pero cuando empezamos a examinar las implicaciones que tienen en nuestro propio comportamiento, nos detenemos. Oh, ¿se supone que debo amar a mi vecino? ¿Amar a esta o aquella persona difícil? Eso no es tan fácil. Y cuando escuchamos que el amor no es placer, como nos dice Hazrat Inayat Khan en el Gayan, bueno, tal vez ya lo sospechábamos por varias experiencias de vida contundentes, pero si nos dicen que la esencia del amor es el sacrificio, comenzamos a tener reservas. 

Esto se debe en parte a nuestra renuencia natural a abandonar nuestra propia zona de confort, por supuesto, ya que el sacrificio significa hacer una ofrenda, o en otras palabras estar dispuestos a desprendernos de algo, tal vez las posesiones materiales, o el esfuerzo físico, o nuestro tiempo, o nuestra atención. Pero también se debe a que la idea del sacrificio se ha utilizado, y a menudo mal utilizado, como una forma de demostrar, y tal vez hacer cumplir, nuestra devoción a un ideal. “Si amas tu fe, debes sacrificarte”.  

En tal caso, el mal uso es simplemente la inversión de la causa y el efecto. No es sacrificando que llegaremos a amar, sino que cuando sintamos amor, estaremos dispuestos a sacrificarnos. 

Y en cuanto a la pregunta de hasta dónde llegar en el camino del sacrificio, eso siempre debe depender de una comprensión sabia de las circunstancias. Eso incluye reconocer la naturaleza, la pureza o la falta de esta, de nuestras intenciones, nuestra capacidad de dar y, sobre todo, el efecto de nuestro dar. Así como apreciamos nuestra propia libertad, debemos estar seguros de no limitar la libertad de otra persona con nuestra ofrenda. Quizás esa sea la sabiduría escondida en la anécdota de Hazrat Inayat Khan. Durante sus últimos días en la India, cuando solía salir, tenía cuidado de llevar consigo paquetes de comida para dárselos a los hambrientos, porque por supuesto en ese entonces, como ahora, siempre había pobres y hambrientos mendigos por todas partes. Sin embargo, lo que era inusual en su ofrenda era que esperaba hasta que se le acercaran. “Deben pedir”, decía. 

Traducido por Yaqín, Rodrigo Esteban Anda 

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