Glimpses : Easter in Suresnes in 1930 (Spanish version)

Vislumbres: Pascua en Suresnes, 1930.  

Cuando Pir-o-Murshid Hazrat Inayat Khan regresó a la India en 1926, y posteriormente murió allí a principios de 1927, dejó no solamente a su esposa, sus cuatro niños y sus hermanos; sino también a un gran número de mureeds que se habían establecido en Surenses, algunos de manera permanente y otros por una temporada. Entre ellos se encontraba Murshida Fazal Mai Egeling, la mureed holandesa que le había ofrecido a su Murshid la casa en el número 23 de “La rue de la Tuilerie”, y que luego fue invitada a vivir allí con la familia. Es comprensible que los años posteriores a la muerte del Maestro fueron difíciles de muchas maneras, pero el relato a continuación muestra que la vida continuó, y con el tiempo hubo destellos de luz. Esta anécdota fue tomada de “We Rubies Four” (Las memorias de Claire Ray Harper – Khairunisa Inayat Khan), escrita por Claire Harper y su hijo, David Ray Harper. Khairunisa fue la más joven de los cuatro niños, y en el momento de esta celebración de Pascua, habían pasado un poco más de tres años desde la muerte del Maestro. Ella estaría cerca a cumplir sus once años.  

Los niños nos despertamos temprano con la primavera en el aire. Afuera, el frío de una mañana de abril aún persistía.  Para nosotros, la Pascua representaba un día sagrado. Cuando miramos por la ventana, descubrimos un pálido cielo azul, y el sol brillaba con todas sus fuerzas, anunciando un hermoso día.  

Nuestras jóvenes vidas fueron capaces de ver esta belleza mejor que cualquier cámara, logramos asimilarlo todo. Nosotros, los niños, brotábamos como las primaverales plantas del jardín. La fragancia de los claveles blancos entraba por la ventana, el rocío sobre la hierba lucía como astillas de diamantes, ningún carro perturbaba el silencio; solo se podía escuchar el clop-clop de los coches tirados por caballos, que transportaban la comida al mercado. Una suave y tibia brisa acariciaba con cuidado nuestras mejillas, azafranes y pensamientos esparcidos por el suelo. La flor de naranja perfumaba, y el membrillo y el peral de Abba* también florecían. Los pompones amarillos que caían de la acacia parecían hadas, la cima del Mont Valérien se mostraba claramente a la vista y mamá estaba muy complacida de saber que Noor y Vilayat habían planeado una búsqueda de regalos Pascua en el jardín.  

(…) 

En la tarde, Hidayat y yo ayudamos a Murshida Fazal Mai con el servicio en las salas de recepción. Nos resistimos a la idea de tener que cerrar todas las persianas, volviendo la habitación tan oscura como la noche. La mesa del comedor tenía que moverse del centro del salón hacia el fondo, contra la ventana. Las luces eléctricas se encendieron y extendimos un altar con mantel amarillo sobre la mesa. Los candelabros tenían que limpiarse y los libros de cada gran religión ser puestos sobre el altar (en el centro, uno del Sufismo). Ubicamos todas las sillas de frente al altar, y el piano lo movimos de una habitación a otra. Mientras nos ocupábamos de todo esto, la salamandra negra que teníamos de mascota se cayó de su pecera y no pudimos encontrarla. Trajimos jarrones, en espera de las flores que traerían algunos de los sufis. Teníamos poco tiempo para cambiar todo, antes de la llegada de los mureeds.  

Cuando Murshida Fazal Mai bajó de sus aposentos y solemnemente empezó el servicio, yo quería que se apurara a dar el sermón; para mí parecía una eternidad tener que estar sentada en silencio, en la penumbra de la habitación, cargada de seriedad. Tan pronto como acabó el servicio y los mureeds partieron, empezamos a abrir las persianas y a ordenar.  

Solo después de que acabara el servicio, se nos permitió ir al jardín a ver qué nos había traído el Conejo de Pascua. Estábamos tan ansiosos y felices, que a duras penas podíamos esperar a mamá para que se nos uniera en la búsqueda. Mientras la esperábamos, me sorprendió ver un pequeño petirrojo posado en la misma rama donde ya lo había visto el año anterior. Disfrutaba que le hablaran, y se quedó estático mientras yo le susurraba.  

Cuando todos estuvimos presentes, empezamos nuestra búsqueda de huevos de Pascua. De hecho, estaba encantada de encontrar huevos caseros de colores en los alfeizares de las ventanas y detrás de los arbustos; y golosinas envueltas en papel aluminio escondidas entre las flores. Aunque la tragedia de la ausencia de Murshid aún pesaba fuertemente en nuestra familia, este día en particular fue iluminado por la alegría de la primavera y la promesa del renacimiento que trasmite la Pascua. 

*Abba= Padre, papá.  

Traducido por Prajnabai Mariana Betancur 

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