Hazrat Inayat : The vision of God and Man pt II (Spanish version)

Hazrat Inayat: La visión de Dios y del hombre pt II 

Luego de describir la condición humana en la primera parte de esta charla, Hazrat Inayat Khan ahora describe la necesidad de que cada buscador visualice a Dios de acuerdo con su propio entendimiento. 

Y ahora surge la pregunta, si Dios es absoluto, entonces ¿de qué sirve la adoración, la oración, o la creencia en Dios de una u otra forma – como Rey, como Juez, como Creador, o como el Ser Superior? ¿Cuál es su utilidad? 

Es muy fácil leer en un libro que Dios es el absoluto, que es lo abstracto. Esto significa nadie y nada, o todos y todo. En efecto, hay algo de verdad en esto. Pero la idea de que Dios es el absoluto es más grande que la mente del hombre. La mente quiere entender, pero el cerebro no puede captarlo. Muchas personas intelectuales se han perdido al leer en alguna parte que Dios es abstracto. No significa nada para ellos, porque todavía no han llegado a esa etapa de la evolución en la que pueden asimilar tal idea. Antes de llegar a esa etapa se han tragado una píldora que nunca podrán digerir. Para colmo, surgen personas que tienen ideas y pensamientos nuevos, y que dan lecciones sobre ellos. Dicen: “Tú eres Dios; yo soy Dios”. De este modo, su insolencia se vuelve cada vez más grande. El sublime ideal de Dios, el ideal que animó a los buscadores de todas las épocas se está perdiendo. Los que han llegado a darse cuenta no hablan de tales cosas en relación con el ideal de Dios; son conscientes en su corazón y se quedan callados. Pero los que tienen el ideal de Dios sólo en el cerebro, que hablan de él y quieren tocarlo, no tocan el ideal. ¿Y a dónde llegan? A ninguna parte. 

El hombre sólo puede concebir una idea en la medida en que es capaz de concebir algo. Por ejemplo, si hablamos de hadas, nadie pensará en ellas como árboles o plantas, sino como seres humanos. Si se le dice a un artista que pinte un ángel, lo pintará en forma de ser humano. Lo concebirá en la forma a la que está acostumbrado, que es cercano y querido a su mente. 

Naturalmente, cada hombre concibe la idea de Dios de manera diferente. Uno concibe a Dios como el Juez; no ve la justicia en el mundo, así que la ve en Dios. Otro concibe a Dios como el Creador; el hombre se sabe creador, así que piensa que Dios es el creador perfecto. Es natural que el hombre haga de Dios lo que cree que es mejor; por lo tanto, ya sea que las personas pertenezcan a la misma religión o nación o no, cada una de ellas tiene su propio Dios, según la forma en que lo vea. Tener una creencia propia es el primer paso en el camino espiritual. No es correcto que una persona diga: “Cree en mi Dios”. Otra persona puede no ser capaz de creer de la misma manera que él. Cree a su manera, así que dejémosle que crea de esa manera. Al fin y al cabo, es una primera creencia; no es más que un ropaje, un ropaje hecho por la propia imaginación. Para encender esa tendencia a imaginar, a idealizar, a adorar, los sabios de antaño decían a los que no eran capaces de imaginar: “Aquí hay una estatua de Dios”. Los que adoran estas estatuas, los chinos, los griegos, los hindúes, ¿se equivocaron? No, el Dios de cada persona es como ella lo mira; y si se dice que hay tantos dioses como personas en el mundo, también es cierto. Detrás está Dios, uno y el mismo Dios de todos. Primero está la concepción, la imaginación, y así proceden todos. Y si alguien quiere utilizar la imaginación de otra persona, los sabios dicen: “Bueno, toma esta pequeña imagen; ahí está tu Dios”. 

Es una pena que no sólo en el pasado la gente fuera primitiva: hoy la imaginación de la gente es aún peor. El hombre se ha convertido en una máquina apurado desde la mañana hasta la noche. Tiene muy poco tiempo para imaginar; si lo tuviera, sería otro ser. Cualquier descubrimiento científico que se hace se lo piensa como la máxima maravilla, pero debe expresarse en un simple enunciado. Antiguamente las cosas se expresaban en términos de poesía, en forma de música, en imágenes simbólicas, para que una persona pudiera pensar, penetrar y comprender, para que su alma pudiera ser tocada luego de desplegarse por la finura de lo que veía u oía. Todas las grandes escrituras del pasado fueron dadas en esta forma, nunca en forma ordinaria. 

Hoy en día, un hombre viene y dice: “¿Me hablarás sobre la verdad? Quiero la verdad en palabras sencillas”. Pero nunca se dice la verdad con palabras sencillas; además, aquello que se puede decir con palabras sencillas no puede ser la verdad. La verdad debe distinguirse de los hechos; es algo que debe ser concientizado, descubierto. A veces, cuando me encuentro con aquellos que quieren encontrar la verdad tangible, me siento inclinado a escribir en un trozo de piedra “VERDAD”, dársela y decirles: “¡Sosténganla firme; aquí está la verdad tangible!” 

¿Cómo nos beneficiamos de la creencia en Dios? ¿Cómo se adquiere el conocimiento de Dios si la creencia en Dios es suficiente? Los miles y millones de personas que creen en Dios, ¿son todos progresistas y felices? No, no es así. La creencia es el primer paso; el segundo paso es conocer la relación entre Dios y el hombre. Para comprender esto, hay que ser capaz de concentrarse, de contemplar, de meditar, para olvidarse de la falsa identidad, que hemos concebido en nuestra mente desde que nacimos en la tierra. Todos los diferentes métodos que los sabios y los videntes han enseñado a la humanidad son para ayudarnos a olvidar esa falsa concepción del yo. Y el método que nosotros podemos adoptar para descubrir la verdad es el conocimiento de Dios, y haciendo un uso adecuado de ese conocimiento en nuestra oraciones, en nuestra concentración, en nuestras prácticas. En ellas nos beneficiamos por medio del ideal de Dios, y así llegamos a la autorrealización, que es el cumplimiento del propósito de la vida. 

Traducido por Inam Anda 

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