Hazrat Inayat : Initiation pt XVII (Spanish version)

Hazrat Inayat: Iniciación pt XVII

En esta entrega de la serie sobre iniciación, Hazrat Inayat Khan esboza cinco lecciones que el alumno puede aprender en el camino. La publicación anterior puede encontrarse aquí.

La primera lección que una persona aprende en el camino del discípulo es lo que se llama yaqin en términos sufís, que significa confianza. Ella primero entrega esta confianza a aquel que considera su maestro, su guía espiritual. 

En la entrega de confianza se pueden distinguir tres tipos de personas. Una entrega una parte de su confianza y no puede entregar otra. Se tambalea y piensa: “Sí, creo que tengo confianza; quizás la tengo, quizás no”. Y este tipo de confianza lo pone en una posición muy difícil. Sería mejor no tener confianza en absoluto.  Es como agua tibia, ni caliente ni fría. En todos los asuntos esta persona hará lo mismo, en negocios, en su profesión. Confía y duda, confía y tiene miedo.  No está caminando en el cielo, no está caminando en la tierra; está entre los dos. Luego hay otro tipo, aquel que da su confianza al maestro, pero no está seguro de sí mismo, interiormente no está seguro de que la ha dado. Esta persona no tiene confianza en sí mismo, no está seguro de sí mismo; por lo tanto, su confianza no tiene valor.  Y el tercer tipo de persona es quien da confianza porque se siente seguro. Solo esta confianza puede ser legítimamente llamada yakin.

Jesucristo tenía personas de todas estas categorías a su alrededor. Miles de personas de la primera categoría venían, se aglomeraban alrededor del Señor, y luego lo abandonaban. Les tomó un momento sentirse atraídos y un momento abandonarlo. En la segunda categoría están aquellos que lo siguen por un momento, tal como un hombre ebrio sigue y sigue; pero cuando esas personas están sobrias de nuevo, las cosas se vuelven claras para ellos y se preguntan “¿a dónde estoy yendo? No en la dirección correcta”. Miles y miles de esa categoría siguieron al señor y a los profetas, pero aquellos que se quedaron hasta el final de la prueba, fueron quienes, antes de entregarle su confianza al maestro, primero confiaron en su propio corazón. Son ellos quienes, si la tierra se volviera agua y el agua se volviera tierra, si el cielo se viniera abajo y la tierra se elevara, se mantendrían inmóviles, firmes en la creencia que una vez ganaron.  Es por medio del discipulado que se aprende la moral que, en cualquier posición en la que una persona esté, como esposo o esposa, hijo o hija, sirviente o amigo, seguirá con confianza, firme y constante donde quiera que vaya. 

Luego de adquirir yaqin, viene una prueba y es sacrificio. Ese es el ideal en el camino de Dios. La posesión más preciada que haya no es tan valiosa, nada es demasiado grande para sacrificarlo. Ninguno de los discípulos del Profeta, los verdaderos discípulos, pensó que incluso su vida era un sacrificio demasiado grande si era necesario. La historia de Ali es muy conocida: un complot fue descubierto, que una noche algunos enemigos querían asesinar al Profeta, y Ali se enteró.  No le contó al Profeta, pero le persuadió para que se fuera su casa. Él se quedó allí porque sabía que, si él también se iba, los asesinos lo seguirían y descubrirían dónde estaba el Profeta. Durmió en la misma cama del Profeta para que los asesinos pudieran encontrarlo, aunque al mismo tiempo, no tenía la intención de perder la vida si podía luchar contra ellos. El resultado fue que el complot falló y los enemigos no pudieron tocar ni al Profeta ni a Ali. 

Este es solo un ejemplo, pero hay miles de ejemplos que muestran que la amistad, formada en Dios y en la verdad, entre el maestro y el discípulo es para siempre, y que nada en el mundo puede romperla. Si el vínculo espiritual no puede sostenerse, ¿cómo puede un vínculo material mantenerse intacto? Se desgastará porque es sólo un vínculo mundano.  Si un pensamiento espiritual no puede formar un vínculo entre dos almas, ¿Qué más puede constituir un vínculo tan fuerte que pueda durar tanto aquí como en el más allá?

La tercera lección en el camino del discipulado es la imitación; esto significa imitar al maestro en todas sus actitudes, su actitud hacia el amigo, hacia el enemigo, hacia el tonto, hacia el sabio.  Si el alumno actúa como él quiere, y el maestro actúa como él quiere, entonces no hay beneficio, por grande que sea el sacrificio y la devoción. En el camino de la verdad, ninguna enseñanza o meditación es tan grande o valiosa como la imitación al maestro. En la imitación al maestro se oculta todo el secreto de la vida espiritual.  Es indudable que no es solo la imitación de sus acciones externas, sino también de su tendencia interior.

La cuarta lección que el discípulo aprende es diferente de nuevo. Esta lección es volver el pensamiento interior del maestro hacia fuera, hasta que pueda ver a su maestro en todos y en todo, en el sabio, en el necio y en todas las formas.

Finalmente, con la quinta lección, el discípulo aprende a dar todo lo que hasta ahora ha dado a su maestro (devoción, sacrificio, servicio, respeto) a todos, porque ha aprendido a reconocer a su maestro en todo.

Una persona quizás no aprenderá nada en toda su vida, mientras que otra aprenderá todas las cinco lecciones en poco tiempo.  Hay una historia de una persona que fue donde un maestro y le dijo: “me gustaría ser tu alumno, tu discípulo”. El maestro respondió, “sí, estaré muy contento”. Este hombre, consciente de sus muchas faltas, se sorprendió de que el maestro estuviera dispuesto a aceptarlo como discípulo. Dijo, “pero me pregunto si sabes cuantas faltas tengo”. El maestro contestó, “Sí, ya conozco tus faltas, aun así, te acepto como discípulo”. “Pero tengo faltas muy graves”, dijo, “me gustan los juegos de azar”. El maestro respondió, “eso no importa mucho”.  “Me gusta beber a veces”. “Eso no importa mucho”, dijo el maestro. “Bueno”, dijo, “hay muchas otras faltas”.

El maestro dijo, “No importa. Pero ahora que he aceptado todas tus faltas, tú debes aceptar una condición de tu maestro”. “Sí, con mucho gusto”, dijo, “¿cuál es?”. El maestro le dijo, “puedes permitirte tus faltas, pero no en mi presencia; solo ese respeto debes reservar para tu maestro”. El maestro sabía que todos los cinco atributos del discipulado eran naturales para él y lo hizo un iniciado. Y tan pronto como salió y tuvo un deseo de apostar o de beber, vio el rostro de su ante él.  Cuando, luego de algún tiempo, regreso donde el maestro, éste sonriendo preguntó “¿cometiste alguna falta?”, respondió “Oh no, la gran dificultad es que, si quiero cometer cualquiera de mis faltas usuales, ¡mi murshid me persigue!”

No pienses que este espíritu solo se cultiva; puede encontrárselo en un inocente niño. Una vez, cuando pregunté a un pequeño niño de cuatro años, “¿Has sido travieso?” él respondió, “me gustaría ser travieso, pero mi bondad no me lo permite”. Esto nos demuestra que el espíritu del discipulado está dentro de nosotros.  Pero siempre deberíamos recordar que aquel que es un maestro, es un discípulo en sí mismo. 

En realidad, no hay tal cosa como un maestro: solo Dios es Maestro, todos somos discípulos. La lección que todos tenemos que aprender es la del discipulado. Esta es la primera y la última lección.

Continuará…

Traducido por Inam Anda

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