Manifestation (Spanish version)

Manifestación

En las notas publicadas recientemente para un sermón de Culto Universal, Inam Anda aborda la pregunta de por qué deberíamos querer construir un templo para el Mensaje Sufi. No es una pregunta superficial, y no es la primera vez que se ha planteado. Leyendo entre líneas en una serie de conferencias de Hazrat Inayat Khan de los años 1924-26, es evidente que los discípulos de esa época no le dieron abrumadora bienvenida a la idea. Hazrat Inayat anhelaba tener una ‘Universelle’ – como se la llamaba en ese contexto francés–, algo tan fino, prominente y simbólico como la magnífica Basílica del Sagrado Corazón, en la cima de una colina, que había sido consagrada en 1919. Como sabemos, él tuvo que contentarse con la colocación de la primera piedra ceremonial al final de la Escuela de Verano de 1926, pero la piedra no fue más que un símbolo para bien durante más de medio siglo. Evidentemente, los estudiantes no habían captado el deseo del Maestro.

¿Por qué dudar ante la idea de construir un templo? ¿Es simplemente el desafío físico? ¿La recolecta de recursos suficientes, el enigma de dónde colocar las ventanas y el arduo trabajo de levantar un techo? Esos son obstáculos importantes, por supuesto, y se multiplican geométricamente con el tamaño del proyecto, pero cualquiera que haya construido incluso algo tan sencillo como un cobertizo de jardín sabrá que hay un sentimiento de satisfacción esperándonos cuando se complete la tarea. Quizás un obstáculo más grande es la renuencia a hacerse visible.

El camino sufí es un viaje interior, y cuanto más avanzamos, más modesta y sin pretensiones se vuelve la manera en que lo hacemos. El verdadero sufí no busca vender el camino a otros; la idea misma es repelente. Pero la evolución también trae consigo un deber de servicio; cuanto más entendemos, más vemos la necesidad de ayudar al mundo de una forma u otra. A lo largo de la historia, las personas espiritualmente dedicadas han encontrado formas de hacerlo, a veces construyendo escuelas y enseñando a los niños, por ejemplo, o a veces construyendo hospitales y cuidando a los enfermos. El método depende de la necesidad del día. En nuestra época, la mayor enfermedad es el hambre espiritual, el resultado del materialismo desenfrenado. Por lo tanto, nuestro deber, o nuestro servicio, debería ser, sin tratar de atraer a nadie al camino sufí, el de recordar a las personas su propia naturaleza espiritual, su propia herencia Divina.

Para lograr esto, necesitamos trabajar en el mundo de la manifestación. Debemos hacernos más visibles, y debemos proporcionar una capacidad donde se pueda sentir el aliento del Espíritu. Eso es lo que puede ser un templo, pero solo puede cumplir su propósito si primero hemos construido el templo en nuestros propios corazones. Nuestro propio corazón es el punto de partida, como lo señala Inam, y no convenceremos a nadie con buena arquitectura si no vivimos en ese templo interior todos los días.

Traducido por Juan Amin Betancur

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